El lunes desapareció una cuchara. El martes fueron tres. El miércoles, el señor Beltrán tuvo que comerse el yogur con un tenedor. Fue un desayuno lento. A las nueve, clavó un cartel en la entrada de la posada:
SE BUSCA LADRÓN DE CUCHARAS.
Debajo dibujó una cara muy desagradable. Era la única que sabía dibujar. Abril leyó el anuncio mientras esperaba a que su madre terminara de reparar la bisagra de una ventana. Le gustaban los misterios, especialmente los que ocurrían antes de la clase de matemáticas.
—¿Cómo sabe que es un ladrón? —preguntó.
—Las cucharas no tienen patas.
Era un argumento. Abril lo anotó, aunque no le pareció suficiente. La posada recibía viajeros de toda clase. Aquella semana había una señora con seis sombreros, un vendedor de semillas y un músico que tocaba una flauta tan pequeña que podía perderla al estornudar. En el cuarto del fondo se hospedaba Ofelio, un ogro que había llegado el domingo.
—Antes de que él viniera, teníamos todas las cucharas —dijo el vendedor.
Abril miró al ogro. Estaba cosiendo el botón de su abrigo. En la mesa tenía una taza de té y una bolsita de azúcar.
—Llegar antes de que pase algo no significa hacerlo —respondió ella.
—Tampoco significa que no lo hiciera.
Aquello también era cierto. Abril lo anotó debajo del primer argumento. Beltrán había revisado la cocina, los cajones y hasta el bolsillo de su propio delantal. No había encontrado nada. Abril le pidió permiso para observar el comedor después de la cena. Su madre seguiría trabajando allí hasta tarde. A las ocho sirvieron sopa. Ofelio llevaba una cuchara de madera en el bolsillo. La señora de los sombreros comió con una plateada. El vendedor dejó la suya dentro del plato. El músico golpeó suavemente la mesa con otra, siguiendo una melodía, hasta que Beltrán lo miró.
Abril dibujó un plano del comedor y marcó dónde estaba cada cuchara. Después recogieron los platos. Habían llegado nueve cucharas a la mesa. Solo ocho volvieron a la cocina. La que faltaba era la del vendedor.
—Pues yo no me la comí —dijo él.
Abril se agachó. Había un surco finísimo en el polvo, desde su silla hasta la pared. Se interrumpía debajo de un aparador enorme. Beltrán y la madre de Abril movieron el mueble. Encontraron dos botones, una moneda y un agujero redondo. No encontraron la cuchara.
—Ratones —dijo Beltrán.
Abril sostuvo un botón. No tenía ninguna marca de dientes.
—Todavía no sabemos.
Ofelio se acercó.
—Yo oigo algo por ahí en las noches.
—¿Y por qué no avisó? —preguntó el vendedor.
—Pensé que era el músico.
—Mi flauta no suena debajo de los muebles.
Ofelio hizo una pausa.
—Eso me tranquiliza.
El ruido volvió poco después: clinc, clinc, clinc. Parecía una cucharita golpeando un vaso. La madre de Abril iluminó el agujero con una lámpara. Dentro había un túnel de tierra. No cabía una persona, ni siquiera la mano de Beltrán. Abril habló cerca de la entrada.
—Hola. Estamos buscando una cuchara.
El ruido se detuvo. Asomó un casco diminuto. Debajo apareció un hombrecito con bigote, botas embarradas y un chaleco amarillo.
—¿Una? —preguntó—. Tengo siete. ¿Cuál necesitan?
Beltrán se sentó en una silla. El hombrecito se llamaba Jacinto. Su equipo estaba reparando un canal bajo la posada. Una llave inglesa de su tamaño se había roto y él había visto las cucharas dentro de los platos vacíos.
—Pensé que las dejaban para quien las necesitara.
—Dejamos los platos para lavarlos —explicó Beltrán.
Jacinto miró la cuchara que llevaba al hombro.
—Ah. Eso cambia bastante las cosas.
Volvió al túnel. Regresó con dos compañeros y todas las cucharas. Una estaba doblada. Beltrán recogió cada pieza.
—Esta ya no sirve para comer.
—Puedo arreglarla —ofreció Jacinto.
—¿Con qué herramienta?
El hombrecito miró las cucharas. Beltrán las apartó un poco.
—Busquemos otra solución.
La madre de Abril sacó una cajita de su maletín. Tenía herramientas pequeñas para mecanismos delicados. Jacinto probó una llave y pidió comprarla. Acordaron que primero revisaría si le servía y después arreglaría con ella la cuchara doblada. El vendedor de semillas se acercó a Ofelio.
—Lo de esta mañana... no debí decirlo sin saber.
El ogro pasó el hilo por el botón.
—Preferiría que preguntaras primero.
No sonrió. Tampoco dejó de coser. Abril guardó el plano. Había varias cosas que no quería olvidar: las cucharas contadas, la marca en el polvo y el sonido. También aquella pregunta sobre cómo sabía Beltrán que había un ladrón. Antes de irse, cambió el cartel con su permiso. Escribió:
LAS CUCHARAS SE LAVAN AQUÍ.
SI NECESITA UNA, PREGUNTE.
En una esquina añadió un dibujo del tenedor. El señor Beltrán lo reconoció enseguida.
—Ese era mi desayuno.
—Lo sé —dijo Abril—. Tengo testigos.



