Tina encontró un sombrero rojo junto al estanque.
Se lo puso.
Le tapó los ojos.
Lo levantó un poquito y caminó hasta la piedra grande.

—Hoy tengo sombrero —le dijo a una rana.
—Hoy tienes mis pantalones —respondió la rana.
Tina miró la tela.
Había dos agujeros para las patas.
—Ah.
Se quitó los pantalones de la cabeza.
—Perdón. Pensé que eran un sombrero.
La rana se los puso. Le quedaban mucho mejor.

Tina siguió caminando. Debajo de un árbol encontró algo redondo, de rayas azules.
—Este sí parece un sombrero.
Iba a levantarlo cuando oyó un ronquido.
Era la cama de un caracol. El caracol dormía dentro, con un pie fuera.
Tina la dejó en su sitio.
Más adelante había una hoja enorme. Tenía la punta doblada y una gota de agua en el centro.

Tina miró debajo.
No había nadie.
—¿Alguien está usando esta hoja? —preguntó.
Esperó.
Solo respondió el viento.
Entonces la colocó sobre su cabeza.
La hoja no le tapaba los ojos. No tenía patas. Tampoco roncaba.
Tina regresó al estanque.
—Ahora sí tengo sombrero.

La rana la miró desde todos lados.
—Te queda bien.
Y cayó la gota de agua.
Ploc.
Justo sobre la nariz de Tina.
La tortuga sacudió la cabeza y se rio.
—Y también sirve para bañarse.



