La primera vez que Roque entró en la panadería, dejó la cola fuera. Era un dragón bastante considerado, pero la puerta era pequeña.
—Quiero pan tostado —dijo.
Inés, la panadera, sacó una rebanada del horno. Roque la miró.
—Más tostado.
Inés la dejó un poco más.
—¿Así?
—Más.
La tercera rebanada salió casi negra. Roque sonrió, la metió en su bolsa y pagó con una moneda del tamaño de un plato. Al día siguiente volvió.
—Pan tostado. Mucho.
Inés suspiró. Hornear pan le gustaba. Quemarlo le parecía una falta de respeto al desayuno.
—¿Cuántas rebanadas?
—Una para cada amigo.
—¿Cuántos amigos?
Roque abrió la boca, la cerró y empezó a contar con las uñas. No terminó.
—Traeré una lista.
Regresó con un papel larguísimo. Inés leyó el primer nombre.
—¿Una salamandra?
—Se llama Lola.
—¿Come pan?
—No lo sé.
—Aquí dice también "una piedra".
—Es amiga de Lola. Habla poco.
Inés apoyó los codos sobre el mostrador.
—Roque, ¿para qué necesitas tanto pan?
El dragón miró hacia la calle.
—Voy a inaugurar mi casa. Quiero que todos estén cómodos.
—¿Y por eso les darás pan quemado?
—Tostado —corrigió él.
Sacó la primera rebanada de la bolsa. Tenía una ventanita recortada en el centro y un número dibujado con tiza. Inés parpadeó.
—¿Es una puerta?
—Para la casa de Lola. El pan de ayer será una mesa.
Roque llevaba tres días intentando comprar muebles. Había visto el letrero PAN TOSTADO y pensado que, si lo tostaban bastante, quedaría duro como una tabla. Inés se tapó la boca para no reír demasiado fuerte. Roque bajó las orejas.
—¿Dije algo mal?
—Entendí que querías desayunar. Tú estabas pensando en amueblar una casa.
El dragón contempló las charolas.
—Eso explica la mantequilla.
Inés fue por una caja de cartón limpia, apartada de la comida. La abrió y la colocó sobre una mesa.
—Tengo esto. Podemos recortar una puerta cuando cierre. Para la comida, necesitamos otra lista.
Roque sacó el papel largo.
—Creo que tendré que hacer varias preguntas.

Esa tarde, mientras Inés cortaba el cartón, él fue a visitar a sus amigos.
Lola quería una habitación fresca. El escarabajo prefería dormir en su propia casa. La piedra, según Lola, estaba muy a gusto junto al estanque. Y a nadie se le antojaba pan negro.

El sábado hubo fiesta. Roque acomodó la caja en un rincón protegido de la lluvia y puso junto a la puerta un cartel pequeño: CASA DE LOLA.
Inés llevó una canasta con panes recién hechos. Cada invitado eligió lo que quería comer.
—¿Y tus muebles tostados? —preguntó la panadera.
Roque señaló una rebanada oscura colgada en la pared. Había escrito con tiza:
PREGUNTAR ANTES DE COMPRAR CUARENTA.
—Ese es mi cuadro —dijo.
Inés se sirvió otro pan.
—Te faltó poner cuarenta qué.
Roque la miró. Luego fue por la tiza.



