Vera apretó el último remache.
—Listo.
El robot abrió los ojos. Movió una mano. Luego la otra.
—¿Yo qué hago?
—Podrías ayudarme con los tornillos.
Vera construía y arreglaba cosas en un taller lleno de cajones. Al robot lo había hecho con piezas que todavía servían.
—Te llamaré Remache.
Él se tocó la barriga.
—Tengo muchos nombres de esos.

Vera le mostró tres cajones.
Remache guardó los tornillos largos con los largos y los cortos con los cortos.
Uno rodó por la mesa.
¡Tin!
Cayó al suelo y se escondió debajo de un banco.
Remache se agachó para buscarlo. Allí encontró un pájaro de madera.

—¿Por qué está aquí?
—Porque no rueda —dijo Vera.
Remache miró las ruedas del pájaro. Una estaba torcida.
La movió un poquito.
Después empujó el pájaro.
El juguete cruzó el taller y chocó suavemente con la bota de Vera.
—Ahora sí rueda.
Remache lo empujó otra vez. Quería ver hasta dónde llegaba.

En la ventana sonó un silbido.
Había otro pájaro. Este tenía plumas.
Remache lo miró de cerca, con los pies bien puestos en el suelo.
—¿Dónde tiene las ruedas?
—Tiene patas y alas.
El pájaro voló al jardín.
Remache abrió mucho los ojos.
—¿Y dónde aprendió a hacer eso?
Vera acercó una silla.
—Vamos a observarlo.

Por la tarde, Vera le dio un cuaderno.
Remache dibujó una rueda y un pájaro. Ella escribió sus preguntas debajo.
—Mañana podemos buscar algunas respuestas —dijo.
Remache guardó el cuaderno. También guardó el tornillo que había encontrado bajo el banco.
—Este sí va en su cajón.
Todavía le faltaba averiguar dónde se guardaban las ganas de salir al jardín.



