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Remache y Mara construyen una pantalla para la luz del faro.
La historia de Remache · 4 de 4

Un camino que todavía no existe

12–14 añosFantasía y aventura13–18 minutosLectura autónoma o compartida

Remache tiene un plan para el faro, dibujado tres veces. Ahora falta enseñárselo a quienes lo usan.

Remache había dibujado el mecanismo tres veces. En la tercera versión, la lámpara del faro ascendía por un cable, un contrapeso la mantenía firme y una pantalla de metal dirigía la luz hacia el sendero alto. En el papel funcionaba de maravilla. Sobre la mesa del taller ocupaba el lugar del almuerzo de Vera.

—¿Puedes mover tu excelente contrapeso? —preguntó ella—. Estoy buscando mi plato.

Remache apartó el plano. Desde su visita al faro llevaba semanas reuniendo piezas. El soporte que Vera había guardado encajaba con una rueda del antiguo mecanismo. La campanita rota de su primera salida, sorprendentemente, no encajaba con nada. Seguía conservándola.

—Con esto ya no tendrán que turnarse para encender la lámpara —dijo.

Vera examinó el dibujo.

—¿Qué dijo Mara?

—Que les ayudaría reparar el mecanismo.

—¿Y le enseñaste esta versión?

Remache miró el margen donde había escrito «Solución final».

—Todavía no.

—Entonces falta una parte.

Él borró la palabra «final», aunque dejó una marca gris que se veía perfectamente. Había imaginado instalarlo antes de la reunión de verano del embarcadero. Le gustaba la idea de que Mara pudiera quedarse a escuchar los cuentos, sin salir antes para encender la luz. También le gustaba imaginar la cara que pondría al verlo terminado. Sobre esta segunda razón no había tomado notas.

Pidió a Nora que lo llevara con las piezas. Ella aceptó, pero revisó el peso y dejó dos cajas en tierra.

—Primero sabremos qué vamos a instalar. Después hacemos otro viaje.

En la barca iba Ivo, un chico de catorce años que vivía del otro lado del humedal. Llevaba una tabla bajo el brazo y tenía barro seco en las botas. Remache reconoció su nombre en la libreta de turnos.

—El sábado te toca el faro. Pronto vas a quedar libre.

Ivo apoyó la tabla junto al asiento.

—¿Por qué?

Remache explicó el contrapeso y la pantalla. Ivo escuchó sin interrumpir.

—¿La pantalla girará cuando se inunde el paso de las piedras?

—La luz apuntará al camino alto.

—Al principio usamos el paso de las piedras. Después del agua grande damos la vuelta. Desde la ventana se ve cuándo hay que cambiar.

Remache sostuvo el plano sobre las rodillas. Tenía señalado un único recorrido.

—Podemos poner otra posición.

—Puede servir —dijo Ivo—. Pero habría que probarla. Mi abuelo ve la luz desde abajo; yo la veo desde un recodo distinto.

Nora siguió remando. El plano permaneció abierto hasta que una salpicadura cayó sobre una de las flechas.

Mara puso las piezas sobre una manta. Reconoció el soporte de Vera y lo pasó de una mano a otra.

—Lleva años sin trabajar.

Remache desplegó su dibujo. Explicó cómo la lámpara subiría con un movimiento de palanca. Mara preguntó cuánto costaría mantenerla. Nora quiso saber si el cable soportaría la humedad. Ivo señaló el recodo desde donde regresaba con su abuelo. Remache contestó lo que sabía. En dos preguntas tuvo que decir que aún no lo había calculado. Después se sentaron a comparar el plano con la libreta de turnos.

—No me molesta venir a encenderla —dijo Mara—. Lo pesado es levantar la pantalla vieja. Me duele la muñeca.

Nora abrió la contraventana que habían arreglado en la visita anterior.

—Yo necesito distinguir el desembarcadero desde el río. Si elevamos demasiado la lámpara, la rama de ese sauce me la tapa.

Ivo explicó que su abuelo no se orientaba solo por la luz. También reconocía una cerca, el borde del camino y un árbol torcido. La lámpara era una referencia cuando comenzaba a oscurecer. No evitaba que necesitaran revisar el sendero. Remache giró la hoja. Había dejado espacio para calcular medidas, pero ninguno para anotar todo aquello.

—Yo venía a ahorrarles los turnos.

—A mí me vendría bien cambiar algunos —dijo Nora—. Los jueves termino cansada. Pero no quiero dejar de revisar la orilla.

Mara le acercó el lápiz.

—Podemos arreglar lo que pesa sin quitar lo que funciona.

Remache hizo una pausa larga. Nadie le pidió que la llenara. Su propuesta era más vistosa que lo que estaban hablando. Un mecanismo alto se vería desde la barca. Una bisagra nueva para una pantalla baja apenas se notaría. En el taller había practicado una frase para cuando levantara la lámpara: «Ahora sí, pueden descansar». De pronto le pareció extraña. No sabía cuántas de aquellas personas querían descansar, cuándo, ni de qué.

—Traje una pieza que podría servir para la pantalla —dijo al fin—. Pero tengo que medirla aquí.

Mara sonrió al mirar las cajas que habían quedado en la barca.

—Menos mal que no trajiste todo.

—Nora defendió el equilibrio del río —respondió él.

La barquera levantó una ceja.

—El de mi barca, principalmente.

Trabajaron hasta que la sombra de la torre llegó al banco. Remache anotó las posiciones de la luz y preguntó quién usaría cada una. No decidió todavía dónde colocar las marcas. Ivo se ofreció a probarlas con su abuelo. Mara quiso participar desde el camino, además de hacerlo desde la ventana.

—Si voy a abrirla todos los días, me gustaría saber cómo se ve del otro lado —dijo.

El problema apareció tres días después. Elia había preparado en la biblioteca una mesa sobre las reparaciones del faro. Remache le había dicho que mostraría el mecanismo durante la reunión de verano. En la mesa había un letrero con su nombre y un dibujo de la lámpara en lo alto. Ahora no iba a estar lista. Probablemente tampoco acabaría como en el dibujo.

Remache pensó en llevar el modelo y explicar después los cambios. El modelo sí podía subir una lámpara pequeña. Lo había probado seis veces. Pero el letrero decía que aquella era la solución para el faro. Fue a buscar a Elia.

—Te di una fecha que todavía no podía prometer.

La bibliotecaria dejó los libros que estaba ordenando.

—¿Se rompió algo?

—No. Nos faltaba saber cómo lo usan.

Le explicó los recorridos y la muñeca de Mara. Elia leyó el letrero otra vez.

—Tendremos que cambiarlo. Hay gente que vendrá a verlo.

Remache asintió. No le gustó que la conversación incluyera aquel pequeño silencio, pero tampoco encontró una pieza con la que arreglarlo. Se quedó a preparar otro cartel. Esta vez llevarían el modelo como una propuesta que había cambiado, junto con los dibujos hechos en el faro. Mara aceptó ir y contar qué estaban probando. Ivo quiso mostrar los dos recorridos.

Durante la reunión, alguien preguntó cuándo estaría terminado. Remache dio la fecha de la siguiente prueba.

—¿Y la instalación?

—La sabremos después de probar.

Una mujer dijo que eso parecía poco avance para tantas semanas. Remache estuvo a punto de enumerar todas las piezas que había limpiado. Mara lo miró desde su silla. Él bajó la lista.

—Pensé demasiado tiempo en subir la lámpara —respondió—. Ahora estamos comprobando dónde conviene que alumbre.

La mujer observó los planos. No pareció completamente convencida. Más tarde se acercó a Ivo para preguntarle por el paso de las piedras. Al terminar, Remache recogió el modelo. La campanita rota seguía dentro de su bolsa. Por primera vez pensó en dejar de cargarla; luego recordó que se la había prometido a un niño que quería intentar repararla. La dejó donde estaba.

La pantalla nueva quedó instalada varias semanas después. Era baja, giraba con menos esfuerzo y tenía dos posiciones que Mara, Nora e Ivo habían probado al anochecer. El contrapeso ayudaba a levantarla. Parte de la rueda antigua volvió a trabajar. El resto siguió guardado. La libreta de turnos permaneció junto a la puerta. Nora cambió el jueves por otro día. Cuando el agua subía mucho, suspendían el paso y lo avisaban desde ambos embarcaderos. La luz no podía garantizar un camino.

Remache volvió una tarde para revisar la bisagra. Mara le sostuvo el marco mientras él apretaba una tuerca. Después caminaron hasta el recodo. Ivo y su abuelo señalaron la ventana: desde allí se distinguía sin quedar detrás del sauce. Remache abrió el cuaderno. En las primeras páginas había un pájaro, una rueda y una pregunta escrita con la letra de Vera. Más adelante estaban la barca de Nora y la fotografía del faro.

Tenía un montón de respuestas. Algunas ya necesitaban cambios. En la biblioteca, Elia le pidió ayuda con un grupo de niños que buscaba historias de viajes. Remache empezó a señalarles un libro y se detuvo.

—¿Buscan barcos, caminos o algo que todavía no conocen?

Una niña eligió un cuento de una puerta dentro de un árbol. Un chico preguntó si había viajes que terminaran en casa. Remache buscó con ellos. Leyeron un poco antes de escoger. Al día siguiente volvió. Después regresó el sábado. Pronto empezó a acompañar a los visitantes de Cuentopidea entre cuentos y preguntas, llevando su cuaderno y una bolsa mucho menos pesada.

Cuando alguien quería seguir solo, él se quedaba cerca de la estantería. Cuando le pedían un camino, mostraba las posibilidades que conocía y avisaba si alguna estaba pendiente. Vera fue a verlo una mañana. Sobre la mesa encontró un dibujo de un jardín que ninguno de los dos había visitado.

—¿Vas a llevarme?

Remache miró el dibujo y luego a su creadora.

—Podemos empezar juntos. Pero hay una parte que todavía no está en el mapa.

• • •

Para conversar

Estas preguntas son invitaciones a conversar. No hace falta responderlas todas ni encontrar una única respuesta.

  1. ¿Qué quería resolver Remache y qué había supuesto sobre los demás?
  2. ¿Qué pierde al cambiar el proyecto y qué consigue con ese cambio?
  3. ¿Cuándo una fecha o una solución dejan de ser algo que podemos prometer solos?
Remache

De aquí salió mi trabajo en Cuentopidea. Si prefieres seguir solo, me quedo cerca de la estantería.

Actividad opcional

Elige una mejora pequeña para un espacio compartido. Antes de diseñarla, pregunta a dos personas cómo lo usan. Escribe qué cambiarías de tu primera idea y qué necesitas comprobar.

Para quien acompaña la lectura

Conversar sin exigir acuerdo con todas las decisiones del protagonista. Explorar intención, impacto y participación. La responsabilidad no implica controlar el río ni responder por las decisiones de todos.

La historia de Remache

Cuatro cuentos, uno para cada edad. Se pueden leer por separado o en orden.

  1. 1. El primer día de Remache · 3–5 años
  2. 2. La llave del otro lado · 6–8 años
  3. 3. La luz que faltaba en el mapa · 9–11 años
  4. 4. Un camino que todavía no existe · 12–14 años (estás aquí)

Lo que dicen las familias

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