Remache descubrió la luz mientras intentaba dibujar una polilla. La polilla no cooperaba. Se posaba en el cuaderno, luego en su antena, después detrás de la lámpara del taller. Cuando él levantó la cabeza para buscarla, vio un punto amarillo al otro lado del río. En el mapa de Vera aquella zona estaba vacía. No había casas, ni nombres, ni siquiera una de esas manchas que Remache dejaba al apoyar los dedos con aceite.
A la mañana siguiente se llevó el mapa al embarcadero. Nora estaba revisando un remo.
—¿Hay algo por aquí? —preguntó él, señalando el espacio en blanco.
—El faro viejo.
—¿Está abandonado?
—La torre sigue ahí. De lo demás tendrás que preguntarle a Mara. Voy a llevarle una bisagra; puedes venir.
Remache preparó su bolsa. Metió el cuaderno, el libro de viajes que había pedido prestado a Elia y dos piezas por si acaso. Había reducido mucho el equipaje desde su primera salida. Aun así, tardó cinco minutos en decidir cuál de sus tres pequeñas brújulas llevar. Nora examinó el mapa.
—El sendero de los sauces ya no llega hasta la torre. El agua se llevó una parte. Usaremos el desembarcadero de arriba.
Remache anotó la indicación en el margen. Si el papel podía quedarse atrás del río, tendría que dejarle espacio para ponerse al día. Llegaron antes del mediodía. Un camino ancho rodeaba el humedal. Entre los juncos se veían restos de postes; más lejos, una pasarela cortada terminaba sobre el agua. Nora tomó el camino ancho y Remache la siguió.
El faro tenía una ventana en su parte baja. La puerta estaba abierta. Dentro, una mujer con trenza blanca intentaba colocar una bisagra con una mano y sujetar una contraventana con la otra.
—Llegan justo a tiempo —dijo Mara—. Me está ganando un pedazo de madera.
Remache sostuvo la contraventana mientras Nora colocaba la pieza. Mara apretó los tornillos. La madera quedó firme.
—Ahora sí. ¿Qué andas buscando, muchacho de lata?
—Vi una luz. No aparece en este mapa.
Mara se limpió las manos y miró el papel.
—Vera dibujaba unos sauces flaquísimos. Son suyos, sin duda.
Remache abrió el cuaderno. Había venido con una explicación bastante buena: tal vez el faro se encendía solo mediante un mecanismo antiguo. En la pared vio una rueda dentada, un cable enrollado y una palanca. Su explicación mejoró considerablemente.
—¿Esto sube la luz?
—La subía —respondió Mara—. Antes colgábamos una lámpara grande en lo alto. Ahora la encendemos en esa ventana, más abajo.
Señaló una abertura que daba al humedal. En la mesa había una lámpara sencilla.
—¿La enciendes tú?
—Cuando me toca.
Remache bajó el lápiz.
—¿Hay turnos?
Mara sacó una libreta del cajón. Tenía nombres junto a los días. Algunos estaban tachados y sustituidos por otros.
—Nora viene los jueves. Ivo y su abuelo vienen los sábados. Hay gente que trabaja del otro lado y vuelve cuando ya oscureció. La luz les indica dónde está el camino alto.
Nora dejó el remo contra la pared.
—El río me cambia las orillas. Esta ventana, por ahora, se queda quieta.
Remache pasó una página. La rueda dentada seguía interesándole, pero ya no explicaba la luz que había visto. Dibujó también la lámpara y la libreta de turnos.
—¿Por qué no reparan el mecanismo viejo?
—Nos ayudaría —dijo Mara—. Pero le faltan piezas. Además, alguien tendría que seguir viniendo a revisar. Una rueda no sabe si hubo una tormenta.
Le mostró fotografías en una caja. En una, el faro estaba rodeado de casas. En otra, un grupo abría un camino entre los juncos. Remache reconoció a Vera, mucho más joven, sosteniendo una pala.
—Ella venía a arreglar la lámpara —dijo Mara—. Cuando el río cambió, varias familias se mudaron. Las que quedaron hicieron el sendero alto.
Remache comparó la fotografía con el mapa.
—¿Vera olvidó dibujarlo?
—Eso tendrás que preguntárselo a ella. Yo solo sé que este camino nos costó unas cuantas botas.
Antes de irse, Remache pidió permiso para copiar una fotografía. Mara prefirió prestarle otra, donde se veía mejor el recorrido. Le señaló el lugar donde crecía el agua y el claro que usaban para descansar.
—¿Puedo poner tu casa?
—Puedes poner el faro. Mi casa no recibe visitas sin aviso.
Él anotó ambas cosas de manera distinta. Por la tarde extendió el mapa sobre la mesa del taller. Vera dejó a un lado un reloj sin agujas.
—Llegaste al faro.
—Sí. Y tu mapa no.
Vera se acercó.
—Lo dibujé antes de que terminaran el sendero alto. Dejé ese espacio para volver. Después llegaron encargos, y más encargos.
Miró la fotografía prestada.
—Nunca lo completé. Debí escribir que estaba pendiente.
Remache le contó los turnos, la contraventana y la palanca que ya no movía ninguna luz. Vera buscó un cajón y sacó una pieza envuelta en tela.
—El soporte de la lámpara. Pensé que lo necesitaríamos cuando reuniéramos lo demás.
Remache lo sostuvo sin meterlo en su bolsa.
—¿Podemos ir a ver qué hace falta ahora?
—Podemos preguntar. Quizá la lámpara que imaginábamos ya no les sirva.
Esa noche él agregó el faro al mapa y escribió la fecha de su visita. Junto al camino dejó una nota: «Revisar con Mara cuando cambie el agua». La polilla volvió a posarse en su antena. Remache la dejó estar un momento. En el cuaderno todavía quedaba espacio para dibujarla, pero primero debía devolver una fotografía.



